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Nuestros valores: 2da parte

hace 3 días
2 min de lectura

Por: Bruno Molina, Director Ejecutivo de la RBH

El mes pasado, comencé a explicar la importancia e impacto de nuestros valores

expresados a través del acróstico C.R.I.S.T.O. La C significa comunicación clara. Ahora continúo con la "R", que significa Respeto.




El valor incondicional de cada persona es un pilar fundamental en la enseñanza bíblica. A diferencia de las posturas culturales que otorgan respeto basándose en el estatus social, la riqueza o el intelecto, la Biblia fundamenta la dignidad humana en la creación divina.


En el libro de Génesis 1:27 (RVA-2015) se establece este fundamento al declarar:

“Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó”.


Toda persona posee un valor intrínseco insustituible simplemente por llevar la marca del Creador, lo que nos obliga moralmente a tratar a cada semejante con el máximo honor y cuidado.


El Nuevo Testamento expande este principio y muestra que el trato respetuoso no es opcional ni exclusivo para quienes nos agradan. El apóstol Pedro lo resume de manera clara y directa en 1 Pedro 2:17 (RVA-2015): “Honren a todos; amen a los hermanos; teman a Dios; honren al rey”.


El mandato de “honrar a todos” no establece distinciones ni exclusiones; abarca a cada ser humano sin importar su origen, convicciones o

condición. Reconocer esta verdad nos exige sustituir el prejuicio y la indiferencia por una consideración consciente hacia los demás.


Asimismo, la perspectiva bíblica del respeto transforma activamente nuestras interacciones diarias mediante la práctica de la humildad. En la epístola a los Filipenses 2:3 (RVA-2015), se nos exhorta: “No hagan nada por egoísmo o por vanagloria; sino estimen humildemente a los demás como superiores a ustedes mismos;”.


La dignidad ajena se reconoce plenamente cuando dejamos al lado la soberbia y elegimos valorar las necesidades y los derechos de los demás por encima de los nuestros, sirviéndoles con empatía y cortesía.


En conclusión, el respeto en las Escrituras no se gana por mérito humano, sino que se otorga por mandato divino basándose en el valor que Dios les da a los seres humanos quienes Él ha creado a Su semejanza. Entender que cada individuo ha sido diseñado a imagen de Dios y amado por Él transforma radicalmente nuestra forma de convivir.


Practicar este principio fortalece nuestras relaciones y nos permite reflejar el carácter justo y compasivo del Creador en nuestra vida cotidiana.


Nuestra consistencia en comportarnos de tal manera también cumple con el deseo y la oración de Cristo en el jardín de Getsemani cuando le rogó en oración a nuestro Padre celestial en Juan 17:23 (RVA-2015), “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente unidos; para que el mundo conozca que tú me has enviado, y que los has amado como también a mí me has amado”.

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