Redimiendo la cultura en el Mes de la Hispanidad
Por Orpha Ortega, Autora y Escritora
¿Cómo podemos celebrar nuestra cultura sin permitir que nuestra cultura defina quiénes somos?
El mes de septiembre nos recuerda de dónde venimos. Es un mes de banderas, colores, música, comida, reuniones familiares y fiestas patrias. Para muchos hispanos, septiembre despierta recuerdos de nuestra tierra, nuestra familia, nuestros sabores y nuestras raíces.

Nuestra cultura es parte de nuestra historia, pero no debe convertirse en el lugar donde encontramos nuestra identidad. Muchas mujeres vivimos entre dos mundos: lo que recibimos de nuestra cultura y lo que Dios está formando en nosotras.
Jesús nos dejó un ejemplo interesante. En Juan 7:37-38 leemos:
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”
Jesús estaba en Jerusalén durante la Fiesta de los Tabernáculos (Sukkot), una de las celebraciones más importantes de Israel. Era una fiesta llena de tradiciones, peregrinaciones, familias reunidas y ceremonias. Jesús no se mantuvo distante de aquella celebración. Jesús estaba allí.
Y en medio de aquella fiesta, Jesús tomó un elemento que tenía un profundo significado para el pueblo, el agua, y lo utilizó para revelar una verdad espiritual mucho mayor.
Durante los Tabernáculos, Israel recordaba cómo Dios había cuidado de su pueblo durante los años del desierto. El agua recordaba la provisión de Dios. En ese contexto, Jesús hizo una invitación extraordinaria: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.”
La gente estaba recordando la provisión de Dios; Jesús se presentó como la fuente.
La gente recordaba el desierto; Jesús ofreció agua viva.
La celebración tenía un significado; Jesús le dio un significado aún más profundo.
Esto nos enseña algo importante: Jesús no rechazó la cultura; entró en ella y redimió aquello que podía apuntar hacia Dios.
¿Y qué hacemos nosotras con nuestra cultura?
No tenemos que despreciar nuestras raíces para seguir a Cristo. Podemos celebrar nuestra comida, nuestra música, nuestro idioma, nuestras tradiciones, nuestra familia y nuestra historia. Pero también debemos preguntarnos: ¿Qué cosas de nuestra cultura necesitan ser redimidas?
No todo lo que heredamos debe conservarse simplemente porque es tradición. Y tampoco todo debe rechazarse simplemente porque pertenece a nuestra cultura. Cristo puede redimir lo bueno, corregir lo equivocado y darle un propósito nuevo a lo que hemos recibido.
Como mujeres, tenemos una enorme influencia en la transmisión de la cultura. Transmitimos palabras, recetas, historias, costumbres, valores, maneras de criar y maneras de tratar a los demás. Lo que modelamos hoy puede convertirse en parte de la cultura de nuestros hijos y nietos mañana.
Por eso, la pregunta no es solamente: “¿Qué cultura recibí?”
También debemos preguntarnos: “¿Qué cultura estoy transmitiendo? ¿Qué legado estoy dejando?”
Considera las siguientes verdades al celebrar nuestra cultura:
Nuestra cultura es parte de nuestra historia, pero no define nuestra identidad.
Podemos valorar nuestras raíces sin convertirlas en el lugar donde encontramos quiénes somos.
Jesús no rechazó la cultura; entró en ella y redimió aquello que podía apuntar
hacia Dios. En la Fiesta de los Tabernáculos tomó un elemento conocido por el pueblo, el agua, y lo utilizó para revelar una verdad espiritual mucho mayor.
No tenemos que despreciar nuestras raíces para seguir a Cristo. Podemos
celebrar nuestra comida, nuestra música, nuestro idioma, nuestras tradiciones, nuestra familia y nuestra historia.
No todo lo que heredamos debe conservarse simplemente porque es tradición.
Cristo puede redimir lo bueno, corregir lo equivocado y darle un propósito nuevo a lo que hemos recibido.
Como mujeres, tenemos una enorme influencia en la cultura que transmitimos.
Nuestras palabras, recetas, historias, costumbres, valores y maneras de tratar a los demás pueden convertirse en parte del legado de nuestros hijos y nietos.
En septiembre celebramos nuestras raíces y recordamos de dónde venimos. Pero como mujeres de fe, podemos hacer algo más: podemos permitir que Jesús redima nuestra historia.
No necesitamos escoger entre nuestra herencia y nuestra fe. Podemos llevar nuestras raíces a los pies de Cristo y permitirle transformar aquello que necesita transformación.
Este septiembre, mientras celebramos nuestra herencia, recordemos que nuestra cultura puede decirnos de dónde venimos, pero solamente Cristo puede decirnos quiénes somos.
Y su invitación sigue vigente:
“Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” — Juan 7:37




Comentarios